JAVIER Y YO – Crónica fragmentaria de una amistad
A Javier Esteban Simonetti lo conocí a mis casi 13 años, cuando él ya había cumplido los 14, en una de las aulas de la planta baja del Instituto Antonio Mentruyt, de Lomas de Zamora. El venía de la Escuela Nº 37, al igual q varios de nuestros/as compañeros/as; yo era el único proveniente del Colegio San Albano. Al principio me cayó mal, empezó gastándome por mis anteojos (algo muy común, q siempre me molestó), y admito q le tomé un poco de bronca. No fue sino hasta tres años después, al finalizar 3º año, cuando se acercó hasta mí y me comunicó una decisión tomada: “El año q viene me siento con vos”. Y yo pensé: “¡Uy, me tengo q sentar con este plomazo…!” Durante los siguientes dos años (‘83 y ‘84) tuve oportunidad de descubrir (tanto a su lado en el banco del colegio, como en su casa o en la mía) q, además de ser un poco plomo con sus bromas infantiles o sus caprichos intransigentes, Javier era un muy buen tipo. De los q cuesta encontrar.
Recuerdos de aquella época escolar tengo miles (situaciones áulicas de copiadas –fallidas o no-, dispar convivencia con nuestros vecinos de banco, visitas a lo de María Fernanda Martínez –mejor promedio del curso- para q nos pase la tarea para el día siguiente, tardes enteras estudiando juntos, preparación de clases especiales recabando datos en Capital, viajes al Parque de Lomas para la hora de Educación Física, etc.), pero prefiero hablar de aquello q nos unió más allá de una estructura formal.
Al terminar el secundario, con Javier mantuvimos un contacto casi diario. Nos veíamos en mi casa o en la suya, en el gimnasio, en casas de otros con motivo de un casamiento, algún cumpleaños o haciendo la previa antes de salir, y los encuentros nunca eran azarosos. Había una motivación importante para estar juntos, un vínculo q se había ido dando con el tiempo, gestado en los pequeños detalles, en la cotidianeidad propia de una amistad.
El empezó a estudiar Derecho en la UBA en el mismo CBC q hicimos Néstor Nicolau, Guillermo Massaro y yo, aunque en sedes diferentes. Después de rendir a los tumbos durante varios años, se pasó a la UCES donde se recibió de Licenciado en Comercio Exterior. Fuimos juntos al gimnasio durante cuatro años, para hacer complemento de pesas y gimnasia; en esas clases de gimnasia, dos noches por semana, salíamos a correr por las calles de Temperley para entrar en calor, y siempre competíamos a la vuelta a ver quién llegaba primero en el pique final (obviamente, me ganaba, y festejaba su triunfo diciendo q él era Ayrton Senna y yo Nelson Piquet, por salir siempre segundo).
De aquella segunda mitad de los 80´s, recuerdo los campeonatos de ajedrez, truco y escoba de 15 q hacíamos entre ambos (él se enorgullecía por haberme liquidado con un 15-0 en la escoba, un día en q yo no tenía ganas de jugar, debería estar estudiando, y quería más bien echarlo de casa a patadas, por caprichoso; también es cierto q al ajedrez yo lo tenía de hijo…), las películas en video q mirábamos los sábados a la noche (él siempre alquilaba una de terror, en especial las de “Martes 13”; prefería el cine pochoclero y yo el intelectual), los partidos del Mundial de Futbol ‘86 (menos la Final) y las eliminatorias del Mundial ‘94 (el 5-0 de Colombia-Argentina lo vimos con su hermano Eugenio y su papá), parte del Mundial de Rugby ‘87, etc.… Fue uno de los primeros en tener la video-casetera y el reproductor de compact disc.
Tuvo un perro, un cocker spaniel, igual al de aquella publicidad de Hush Puppies, q se llamaba Sr. Tom Edolver (por Ubaldini…), y tenía tal personalidad q parecía un ser humano –era un atorrante, Javi lo adoraba-; vivió casi 7 años, entre el ‘88 y el ‘95. Ese mismo año se casó con Alejandra (¡cómo bailamos esa noche en el Club Sirio de Recoleta!), se fue a vivir a Belgrano, el barrio natal de ella, y a partir de ahí nos mantuvimos alejados.
Desde entonces, descubrimos algo inédito: no importaba cuánto tiempo transcurriese entre un encuentro y otro (podían ser meses, incluso hasta un año o poco más sin vernos), pero cada vez q nos encontrábamos de nuevo era como si nos hubiésemos visto el día de ayer, con los mismos códigos, la misma confianza, el mismo afecto.
En enero del ‘89, con apenas una semana de diferencia, Guillermo y yo nos accidentamos en situaciones y geografías muy distintas. Recuerdo q Ana Vogel, algunas semanas después, me contó q una tarde se apareció Javier por su casa (ella vivía aún con su abuela, en Escalada) y le contó llorando q yo me había accidentado en Entre Ríos… A mí desde entonces me quedaron implantadas en el cuerpo dos placas de acero, sobre el húmero izquierdo y el fémur derecho, pero a Guille le quedó una discapacidad de por vida (aunque sea un tipo cuya actitud frente a la vida fuera la menos discapacitada de todas). Javier lo admiraba por esto, sobre todo al saber cómo Guille había salido de la depresión de su invalidez al empezar a diseñar mesas de computación, y cómo había instalado su propia fábrica con un par de socios q lo siguieron en el delirio, y q se había comprado su propio vehículo, y vivía solo… Para Guille, nada de esto representaba una hazaña, sino más bien el devenir de las cosas; para Javi, hacer todo eso desde una silla de ruedas constituía una proeza inimaginable.
A mediados de 1990, a Javier le detectaron un tumor encapsulado sobre uno de sus muslos, cerca de la ingle. El tumor era maligno, pero no se desparramó. En esa ocasión, ante tamaña crisis, sus padres –separados desde hacía más de 10 años- volvieron a vivir juntos. Lo operaron para extirparle el tumor, le dieron quimioterapia y rayos, evolucionó normalmente, fue dado de alta, pero sin q nadie lo supiera entonces, lo habían dejado estéril. Esto lo supo varios años después, cuando quisieron tener un hijo con Alejandra y se encontraron con esta cruel noticia. Decidieron adoptar, y después de muchos trámites, en septiembre de 2004 recibieron casi de improviso a Lucila, de tan sólo 3 meses de edad. Estaba orgulloso de su hija, se babeaba ante cualquier cosa q hiciera. Más aún, cuando contaba q los veían por la calle y gente extraña le comentaba: “No podés negar q es hija tuya… ¡Es igualita a vos!”
Poco tiempo después, y luego de casi dos años sin conseguir laburo, en los q aprovechó el tiempo para preparar la tesis de Licenciatura y recibirse, el padre (Comandante Mayor) hizo entrar a Javier en Gendarmería con el grado de Primer Alférez (a raíz de su título universitario), para laburar en la Aduana.
Recién en 2006, cuando ambos ya éramos padres de familia y ellos tres se mudaron a Temperley, junto a Gialo, su perro labrador (un caprichoso, nada q ver con el Sr. Tom), comenzamos a retomar la fluidez del vínculo. Gaby, mi mujer, y Ale, la mujer de Javi, se hicieron amigas, previo gaste de nuestra parte porque, como les decíamos q estaban celosas de nuestra amistad, buscaban puntos en contacto para no embolarse durante nuestros encuentros para cenar. Micaela, la nena más grande de mi mujer, lo bautizó “El Hombre de la Felicidad”, porque siempre se estaba riendo y haciéndole bromas.
Meses antes de q Gaby quedara embarazada, a finales del invierno de 2007, Javi empezó a quejarse de dolor en el nervio ciático, algo q con el correr de los meses ya no lo dejaba ni dormir de noche. Le insistí en q consultara con una traumatóloga del Sanatorio Juncal, q me atendía a mí por la columna, pero Javi se tomó todo su tiempo, y lo hizo cuando el dolor ya se le hizo intolerable. En cuanto la médica vio las radiografías dijo q ella no podía hacer mucho, q consultara con alguien más… Lo atendió finalmente el oncólogo de la operación de 1990, alguien a quien inicialmente Javi se resistía a consultar (se resistía a q le confirmaran la noticia q ya intuía). Y comenzó su licencia en el laburo el día q nació mi hija Chiara, a fines de agosto de 2008. Dos meses después lo operaron para extirparle un tumor que le atravesaba el hueso de la cadera como si fuese una salchicha, en el Instituto Fleming, de Belgrano, donde fui a donar sangre para él. A partir de entonces, usaba un bastón canadiense, ya q había perdido la movilidad del pié derecho. (Otros médicos habían hablado de amputarle la pierna, para erradicar de una sola vez las ramificaciones q pudiera desarrollar el cáncer.)
Tuvo una recaída en diciembre, y con Guille fuimos a verlo pasada la Navidad. Se puso tan contento q empezamos a contar anécdotas del secundario, y lo q durante mucho tiempo –aún en compañía de Javier, ya q con nadie más podía recordar cosas ocurridas más de veinte años atrás- me habían parecido situaciones de un pasado ya casi extinto, de pronto resurgieron con una potencia inusual. Nos reímos como si lo q estuviésemos contando hubiera ocurrido pocas semanas atrás, aunque a mí me parecieran casi los fragmentos de otra vida.
Recordamos haber compartido por entonces un par de anécdotas los tres junto a Néstor. Ambas ocurrieron en la quinta de Guille, en Unión Ferroviaria (Ezeiza). La primera fue en el verano 85’/86’, fuimos a cenar unas pizzas en el horno de barro, habían llegado otros amigos de Guille, pero finalmente nos quedamos los cuatro solos, y decidimos meternos en la pileta a oscuras y en bolas. Yo me mostraba reticente, y me empezaron a gastar, “Cuidate porque te vamos a coger entre todos”, empezaron, y se cagaban de risa. Yo me quedé con el short puesto, recibiendo las embestidas submarinas de manos q me querían hundir o desnudar, y todo quedó ahí.
La otra ocurrió en el verano 91’/92’ (Néstor se había recibido y a mí me faltaban cuatro finales), en un contexto similar, cena en la quinta, pero esta vez estábamos con Ana Vogel (y su única nena de entonces, Fabiana), Bibiana Carrasco y Gladys Ré. Volvimos de allá los siete juntos en el Taunus azul del padre de Javier, y terminamos la noche tomando algo en la vereda de “Café Dalí”, en Lomas. Nos parecía un hito memorable haber reunido a siete “ex-IAM” después de tanto tiempo, y durante años pensamos q aquello iba a ser la última vez q consiguiéramos reunir a tantos…
En febrero de 2009 repetimos la evocación nostálgica ¡¡otra vez en la quinta de Guille!!, donde fuimos con nuestras respectivas esposas e hijas, y la experiencia fue mucho más emotiva. Ahí mismo, en el viaje de vuelta a bordo de la camioneta de Guile, empezamos a memorizar la lista de los compañeros de 5º año, y quizá intuimos q sería muy bueno volver a encontrarnos todos otra vez…
¿La amenaza de una pérdida se intenta compensar con la presencia de un pasado en común? Es muy posible.
Javier y yo instalamos banda ancha más o menos en la misma fecha, mayo-junio de 2009. Por entonces, él me insistió mucho en q me anotara en Facebook: “Acá podés encontrar un montón de gente”, me dijo. Y así fue como me contacté con Fernando Cedrola, Miguel García, Adrián Maggiani, Ana Vogel, Marcelo Baus, Alejandra Campagna y Andrea Escandizo. Para mí fue como si se abriese una puerta virtual al pasado, y éste aún siguiese vivo, acechando quizá desde los remotos rincones de Internet. Javi estaba un tanto reticente al principio cuando le dije q me había encontrado con ellos, pero después creo q aceptó las peticiones de amistad de Fer y de Miguel.
Los últimos meses de Javi fueron horribles. Vivía empastado de morfina, se iba deteriorando cada vez más, pero mantenía el espíritu en alto. Se volcó mucho a la religión, hasta me dijo q había sentido q se iba en agosto de este año, cuando los pulmones casi le dicen basta y hubo q operarlo de urgencia. Pero a pesar de eso, pensó en sus afectos hasta el final. A su mujer e hija les dejó la casa arreglada (cambio de tanque de agua, motor para cuando el agua escasea), y a mí me rompió las bolas para q fuera a llevar un currículum a Osmecon, porque “seguro q necesitan psicólogos, y a vos pacientes no te sobran”. Siempre pensando en ayudar a los demás, quizá porque sabía q las cartas para él ya estaban jugadas…
Lo vi por última vez el 4 de octubre de este año, cuando pasamos por su casa a saludarlo, y después llegó Guille para ir a la quinta. Los Simonetti se quedaron, y Javi, a pesar de su cansancio, de su rostro demacrado, del miedo q lo consumía, le imprimió a la tarde su última dosis de buen humor. Me llamó a casa por última vez (desde el Instituto Fleming) el domingo siguiente, 11 de octubre, día del bautismo de mi hija, ya que Ale, su mujer, fue una de las madrinas. Y tuve la misma sensación q ya experimentase desde hacía dos meses: cada vez q Javi me hablaba, yo me quedaba sin palabras. No sabía q decirle, cómo confortarlo. Para mí se había convertido en un fantasma. Y creo q él también lo sabía. Aunque siguiese riéndose al decirme q estaba “cagado hasta las patas”.
El martes 13 lo pasó en su casa, pero estaba tan débil q lo terminaron internando de nuevo, y esta vez ya no salió. Tuvo dos paros cardíacos el jueves 15, y con el del viernes 16 a las 8 de la mañana nos dejó.
El sábado 17, una mañana brillante de sol, lo enterramos en el Pabellón de Gendarmería, en Chacarita, con honores militares (guardia armada, toque de diana, etc.) Tuve el honor de levantar el cajón cuando pidieron voluntarios para sacarlo de la carroza (fuimos varios los q corrimos para ayudar a llevarlo, hubo casi hasta codazos para alcanzar las manijas, nadie quiso quedar ausente) Guille nos siguió de cerca, y cuando con él nos abrazamos en llanto junto al nicho, rodeados de parientes de Javier y de sus compañeros de laburo o de la Iglesia Presbiteriana de Olivos, y nos dijimos el uno al otro cuánto nos queríamos, a pocos metros del cajón, creo q ambos nos dimos cuenta al mismo tiempo de lo solos q nos habíamos quedado sin Javier.
Pocos días después recordé las ganas q él tenía de volver a encontrarse con sus ex compañeros/as del secundario. A reírse de las mismas boludeces de hace 25 años atrás. Fue entonces cuando quise cumplir con aquel deseo-mandato, y empecé a rastrear a todos los q pude…
Sus recuerdos se me disparan en cualquier detalle cotidiano. Las lágrimas parecen haber menguado, pero la pena por su ausencia aún permanece. Es tremendo descubrir la marca q ha impreso Javi en quienes lo quisimos, porque el vacío q ha dejado es imposible de nombrar.
Buscar y encontrar alguna foto donde él aparezca es casi como descubrir un tesoro inesperado. Escuchar la música q a él le gustaba (The Beatles, Duran Duran, The Police, Level 42, Styx, Kid Abelha…) es como tenerlo cerca, presente, a mi lado, compartiendo el momento. Del mismo modo en q lo imagino festejando como loco el triunfo del Campeonato de Fútbol de Primera de su querido Banfield, por primera vez en su historia…
¿Volveré a encontrarte, Javi, más allá de tu existencia física, como si te hubiese visto ayer por última vez?
La muerte no impide q sigamos siendo amigos. Porque los verdaderos amigos no mueren nunca. Serán parte de uno mismo hasta el final.
Quienes te queremos de verdad, te extrañamos mucho. Y nos hace mucha falta tu risa...
ALBERTO
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