domingo, 7 de agosto de 2016

Crisantemos blancos para Mariela

Crisantemos blancos para Mariela
(creo que este fragmento de relato lo escribí en 2008. Tiene una continuación pero nunca la revisé.) 

Tuve que ir para darme cuenta. Tuve que estar ahí. Era la primera, a la derecha, como me había dicho tu hermana. “Pedí la llave”, me dijo. Pero es domingo y no hay nadie en la administración, me indica el señor de las flores. Las elegí blancas por lo que me dijo Mara, mi amiga de la infancia. Una infancia  más remota que la nuestra todavía. Marita, le decías vos, la misma que te tiró las cartas la última vez que viniste a mi cumpleaños, aclaró que las flores debían ser blancas. Y me dio una explicación también, pero ahora no la recuerdo.  
Desde ese cumpleaños de 2002 en el que se cortó la luz y ustedes se fueron a mi cuarto para estar tranquilas ya no pude festejar ninguno más. Alejandro me había traído de regalo unas botas negras. Vos llegaste antes que él –siempre llegabas  temprano-, yo te había contado que estábamos en una crisis, y me dijiste, “pero las botas son lindas, eh” y yo lo interpreté como que me estabas diciendo que a pesar de todo él todavía me debía querer. Y no te equivocabas, Mariela, aunque vos sabés que no lo supe del todo hasta más tarde.
Alejandro es quien hoy me espera afuera, con los nenes. Es enero y hace mucho calor. Y mediodía casi. Hace cinco años del accidente. El paisaje se parece tanto a uno de esos cuentos del Gabo en el que dos mujeres vestidas de luto atraviesan un cementerio fulminado por un sol caribeño… Me acerco a la puerta de vidrio, hay una foto tuya en donde estás con el pelo corto. No me acostumbro a verte con el pelo corto. Hay un rosario abrazado al marco. Me quedo un rato. Intento adivinar dónde está tu cuerpo. Aunque al instante me parece inútil el intento, porque lo único que yo buscaba era no encontrar nada tuyo adentro de este sitio. Ya te dije que necesité venir para palpar algo que no me creía del todo. Dejo los crisantemos pegados a la reja y anoto en un papel que encuentro en el fondo de mi cartera lo primero que me viene en mente: “De Pato, tu amiga desde ese día de abril de 1976. 18.01.08”.  Lloro otra vez más, y me voy. Me esperan unos días de vacaciones en la playa, con los míos que están abanicándose afuera, y respetan mi silencio con sus silencios. Agradezco con la mirada su gesto. Mientras el auto avanza no puedo dejar de pensar en que mi vida sigue pero la tuya no. Estos nenes, mis hijos, a los que vos visitaste a poco de nacidos van creciendo, yo sigo cumpliendo años, los cuarenta che. Vos te quedaste en los treinta y seis y nunca vas a saber de arrugas ni de canas ni de decadencias.

Tal vez por eso vuelvo a verte cuando  terminamos las vacaciones de la playa. Ahora tengo un teléfono. Hay un cuidador que me dijo que lo llame la próxima vez y conservo su tarjeta “Mario Mustafa, trabajos de lavado y pintura de monumentos y nicheras”. General Belgrano es un pueblo de gente campechana y ni bien llego, en la única florería me hacen el favor de avisarle que “la chica de la otra vez volvió”.  Vuelvo a comprarte los seis crisantemos blancos y mientras espero recorro el lugar. Es domingo y hace más calor aún que hace quince días. Soy la única persona que pasea entre el camino de bóvedas y tumbas cubiertas de musgo, flores, cruces… Hay aljibes en este cementerio y no se ve triste como en los cuentos del Gabo. Se parece al sitio donde viajábamos en mi sueño. Ese sueño premonitorio en el que me pedías que te acompañara a cruzar la barrera. 
El señor Mustafa me está buscando y yo apuro el paso. Le agradezco su llegada y abre con su llave. Él parece saber que vengo a verte a vos y me dice que se acuerda muy bien del día que te trajeron porque él mismo fue quien te dejó en ese lugar y me señala dónde estás. Me dice “una chica hermosa y tan joven… una pena”. Por fin me deja sola. Ahora tengo otra señal certera. Me molesta que sigas ahí y me enoja saber que yo volví de las vacaciones y que un nuevo año comienza como algo natural en mi vida.  Vuelvo a sacar un papel para volver a escribir la misma frase que hace quince días. Esta vez acomodo las flores y la nota al lado de tu retrato, en el que estás con el pelo corto al que no me acostumbro y el rosario enredado.  Hoy es 3 de febrero y hay un pergamino de tu gran amiga Débora que señala la misma fecha pero cinco años atrás. Hace cinco años te traían, un día como hoy. Me impresiona esa coincidencia tanto como el presagio del sueño. Aunque querida, ya debería acostumbrarme, ¿verdad?


6 comentarios:

  1. Tremendo. Aguardamos continuación (sé que existe)

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    1. Tú lo sabes, sí. Veremos si me animo lic.

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  2. NO NECESITA MAS NADA...ES LITERARIAMENTE PERFECTO...HERMOSO EMOTIVO Y GABO NO PODRIA HABERLO HECHO MEJOR.
    YO SONRIO CUANDO VEO (EN ESTE CASO LEO) A UN VERDADERO ARTISTA...SE RIEN LOS DIEZ DEDOS DE MIS MANOS TANTO QUE TENGO QUE APLAUDIR...BBRAVO IVINE CONSEGUIS PONER EN PALABRAS LO QUE SENTIS Y PENSAS...UFF QUE DIFICIL ESO!!!!

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    1. Me encantó lo de tus diez dedos risueños. Grazie, Choli, aunque lo de Gabo mucho no te lo creo, jeje.

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  3. bueno devolucion de gentilezas...igual ya se murio y no se puede defender...jajaja sin joda me parecio exelente

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