Crisantemos blancos para Mariela
(creo que este fragmento de relato lo escribí en 2008. Tiene una continuación pero nunca la revisé.)
Tuve que ir para darme cuenta. Tuve
que estar ahí. Era la primera, a la derecha, como me había dicho tu hermana. “Pedí
la llave”, me dijo. Pero es domingo y no hay nadie en la administración, me
indica el señor de las flores. Las elegí blancas por lo que me dijo Mara, mi
amiga de la infancia. Una infancia más
remota que la nuestra todavía. Marita, le decías vos, la misma que te tiró las
cartas la última vez que viniste a mi cumpleaños, aclaró que las flores debían
ser blancas. Y me dio una explicación también, pero ahora no la recuerdo.
Desde ese cumpleaños de 2002 en el
que se cortó la luz y ustedes se fueron a mi cuarto para estar tranquilas ya no
pude festejar ninguno más. Alejandro me había traído de regalo unas botas
negras. Vos llegaste antes que él –siempre llegabas temprano-, yo te había contado que estábamos
en una crisis, y me dijiste, “pero las botas son lindas, eh” y yo lo interpreté
como que me estabas diciendo que a pesar de todo él todavía me debía querer. Y
no te equivocabas, Mariela, aunque vos sabés que no lo supe del todo hasta más
tarde.
Alejandro es quien hoy me espera
afuera, con los nenes. Es enero y hace mucho calor. Y mediodía casi. Hace cinco
años del accidente. El paisaje se parece tanto a uno de esos cuentos del Gabo
en el que dos mujeres vestidas de luto atraviesan un cementerio fulminado por
un sol caribeño… Me acerco a la puerta de vidrio, hay una foto tuya en donde
estás con el pelo corto. No me acostumbro a verte con el pelo corto. Hay un rosario
abrazado al marco. Me quedo un rato. Intento adivinar dónde está tu cuerpo. Aunque
al instante me parece inútil el intento, porque lo único que yo buscaba era no
encontrar nada tuyo adentro de este sitio. Ya te dije que necesité venir para
palpar algo que no me creía del todo. Dejo los crisantemos pegados a la reja y
anoto en un papel que encuentro en el fondo de mi cartera lo primero que me
viene en mente: “De Pato, tu amiga desde ese día de abril de 1976. 18.01.08”. Lloro otra vez más, y me voy. Me esperan unos
días de vacaciones en la playa, con los míos que están abanicándose afuera, y
respetan mi silencio con sus silencios. Agradezco con la mirada su gesto.
Mientras el auto avanza no puedo dejar de pensar en que mi vida sigue pero la
tuya no. Estos nenes, mis hijos, a los que vos visitaste a poco de nacidos van
creciendo, yo sigo cumpliendo años, los cuarenta che. Vos te quedaste en los
treinta y seis y nunca vas a saber de arrugas ni de canas ni de decadencias.
Tal vez por eso vuelvo a verte cuando
terminamos las vacaciones de la playa.
Ahora tengo un teléfono. Hay un cuidador que me dijo que lo llame la próxima
vez y conservo su tarjeta “Mario Mustafa, trabajos de lavado y pintura de
monumentos y nicheras”. General Belgrano es un pueblo de gente campechana y ni
bien llego, en la única florería me hacen el favor de avisarle que “la chica de
la otra vez volvió”. Vuelvo a comprarte
los seis crisantemos blancos y mientras espero recorro el lugar. Es domingo y
hace más calor aún que hace quince días. Soy la única persona que pasea entre
el camino de bóvedas y tumbas cubiertas de musgo, flores, cruces… Hay aljibes
en este cementerio y no se ve triste como en los cuentos del Gabo. Se parece al
sitio donde viajábamos en mi sueño. Ese sueño premonitorio en el que me pedías
que te acompañara a cruzar la barrera.
El señor Mustafa me está buscando y
yo apuro el paso. Le agradezco su llegada y abre con su llave. Él parece saber
que vengo a verte a vos y me dice que se acuerda muy bien del día que te trajeron
porque él mismo fue quien te dejó en ese lugar y me señala dónde estás. Me dice
“una chica hermosa y tan joven… una pena”. Por fin me deja sola. Ahora tengo
otra señal certera. Me molesta que sigas ahí y me enoja saber que yo volví de
las vacaciones y que un nuevo año comienza como algo natural en mi vida. Vuelvo a sacar un papel para volver a escribir
la misma frase que hace quince días. Esta vez acomodo las flores y la nota al
lado de tu retrato, en el que estás con el pelo corto al que no me acostumbro y
el rosario enredado. Hoy es 3 de febrero
y hay un pergamino de tu gran amiga Débora que señala la misma fecha pero cinco
años atrás. Hace cinco años te traían, un día como hoy. Me impresiona esa
coincidencia tanto como el presagio del sueño. Aunque querida, ya debería
acostumbrarme, ¿verdad?

Tremendo. Aguardamos continuación (sé que existe)
ResponderEliminarTú lo sabes, sí. Veremos si me animo lic.
EliminarNO NECESITA MAS NADA...ES LITERARIAMENTE PERFECTO...HERMOSO EMOTIVO Y GABO NO PODRIA HABERLO HECHO MEJOR.
ResponderEliminarYO SONRIO CUANDO VEO (EN ESTE CASO LEO) A UN VERDADERO ARTISTA...SE RIEN LOS DIEZ DEDOS DE MIS MANOS TANTO QUE TENGO QUE APLAUDIR...BBRAVO IVINE CONSEGUIS PONER EN PALABRAS LO QUE SENTIS Y PENSAS...UFF QUE DIFICIL ESO!!!!
Me encantó lo de tus diez dedos risueños. Grazie, Choli, aunque lo de Gabo mucho no te lo creo, jeje.
Eliminarbueno devolucion de gentilezas...igual ya se murio y no se puede defender...jajaja sin joda me parecio exelente
ResponderEliminargabo digo (que bruto)
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